ARTE MARCIAL
¿PAZ O VIOLENCIA?

 

Cuando llegaron las primeras series y películas relacionadas con el Arte Marcial, cualquiera de nosotros (que éramos jóvenes o adolescentes) nos proyectábamos en los personajes. Queríamos ser como esos “Guerreros” capaces de luchar aparentemente sin esfuerzo y con semejante efectividad. Pero, a la vez, nos atraían los valores que abanderaban: Templanza, Justicia, Sabiduría, Fortaleza, Honor, Respeto… siempre intentaban evitar el conflicto propio pero eso sí, defendían al que era maltratado, abusado, violado, robado o engañado.


Seguramente lo que me ha llevado a escribir estas líneas es la competición de Arte Marcial a la que asistí entre el público hace apenas un mes.
Al empezar, la organización subrayó la importancia del respeto y la deportividad esperada en todos los participantes. Precisamente eso era lo que brillaba por su ausencia. Sobre todo en la modalidad masculina parecía que de lo que se trataba era de humillar y dañar al máximo al oponente. Gallitos luchando por “su vida” en un corral. Hinchando sus egos, ¿para qué? ¿Quizás para que su papá (o maestro en este caso) les valore un poco más? Los jueces no paraban de llamar la atención de los participantes, de restarles puntos e incluso de suspender el combate. La verdad es que, para mí que es tan importante el camino del Arte Marcial, pasé vergüenza ajena. Hubo sólo un combate en la modalidad de Jiu Jitsu en el que el que venció (y duró menos de un minuto) lo hizo sin causarle el mínimo daño al compañero, a quien cuidó y animó tras el combate (Puro Arte; ¡¡Bravo!!).

                                             YI CH'UAN S

 

                                                          “EL ARTE DE LA SALUD Y LA TRANSFORMACIÓN”

 

 El Yi Ch'uan es un Arte Interno, un método holístico y completo, en el cual la práctica principal (y sobretodo al principio) son las llamadas posiciones estáticas o Zhang Zhuang. Pero aún siendo la base del entrenamiento debe completarse con el movimiento (sheli), diferentes tipos de desplazamiento (mocapu), el empuje de manos, entrenamiento del aliento y grito, el fa-jing (o expresión de la fuerza), el combate y la “Danza” (se llama así a la manera espontánea y libre de combinar los diferentes ejercicios). Este entrenamiento se lo debemos a Wang Zhiang Zhai quien estudió y profundizó en diferentes Artes Marciales, en especial el Xing Yi Ch'uan, el Pa Kua Chang y el T'ai Chi Ch'uan, y sintetizó en un mismo método lo que consideró la esencia de cada una de ellas.

 

Hay quien elige estudiar todo el método y quien prefiere limitarse al aspecto de salud; en realidad no hay gran diferencia, lo que cambia principalmente es la intención y determinados detalles a la hora de hacer los ejercicios. Para quien no conoce el método es muy difícil apreciar la diferencia.

Sería un error pensar que el objetivo final del Yi Ch'uan es el convertirse en un buen artista marcial. El Yi Ch'uan, como cualquier camino que decidamos tomar, va más allá de las técnicas aunque las estudia; va más allá de la estructura, aunque la trabaja; va más allá del propio cuerpo, aunque lo cultiva. El Yi Ch'uan es un camino de crecimiento personal, de conocerse a uno mismo, de equilibrar los tres niveles: cuerpo-emoción-mente, de relacionarse con los demás y con la Naturaleza. El Arte Marcial lo entiendo dentro del concepto de Salud y al servicio de ella.

Empecé a practicar T’ai Chi y Ch’i Kung en el año 1992, justo después de terminar mis estudios de fisioterapia. Aunque siempre he seguido la línea de Tew Bunnag, casi desde el principio y animado por él, he ido recibiendo enseñanzas de otros maestros y profesores en un intento de comprender otros aspectos de las Artes Internas.

Comencé pronto a enseñar y veía cómo la persona que no tenía una constitución medianamente atlética, corría el riesgo de lesionarse o sobrecargar diferentes zonas de su cuerpo: rodillas, lumbares, hombros o cervicales era lo más frecuente. Me sorprendía que algo que estaba ofreciendo a nivel terapéutico para cualquiera excluyera, de alguna manera, al que no tenía unas mínimas cualidades corporales. Ahora, después de años me he dado cuenta de que lo que producía estas sobrecargas era la falta de conciencia corporal. Una parte importante de nuestros alumnos necesita conectar con su cuerpo y movimiento antes de insistir en técnicas complicadas o en repetir una y otra vez la Forma. Además sentía que había detalles en las posiciones de la Forma que forzaban el cuerpo.

Cuando nos acercamos al T’ai Chi, la mayoría de nosotros vamos buscando una actividad que nos ayude a relajarnos física, emocional y/o mentalmente.

Si tenemos la suerte de aprender con una persona competente será más probable lograr nuestro objetivo.

Lamentablemente, por cómo somos los occidentales, muchos profesores que se dedican a enseñar este arte no lo han estudiado suficiente antes de comenzar a transmitirlo (debo reconocer que fue mi caso cuando empecé en la enseñanza hace ya 20 años).

Desde hace ya unas décadas hay todo tipo de formaciones de profesores de T’ai Chi y de Ch’i Kung en occidente, que en dos o tres años te “preparan” para ser profesor.

En la mayoría de estas formaciones nos enseñan numerosas Formas y cientos de ejercicios y técnicas. Nos dan una mochila llena de prometedoras prácticas. El problema, en mi opinión, es que lo que nos atrae es aprender cuantas más coreografías posibles para así pensar que sabemos mucho. Pienso que sería más interesante aprender durante esos dos o tres años las bases y principios del T’ai Chi, a partir de los cuales después podamos ir desarrollando las diferentes prácticas.

También podemos encontrar maestros chinos que han aprendido en su país un par de formas de manera rápida y llegan aquí con el “título” de maestro. No han practicado apenas pero la piel y sus ojos dan credibilidad… Por suerte también hay maestros de los auténticos!!

Aunque no es el objetivo de esta reflexión hablar sobre cómo nos preparamos para ser profesores, he necesitado explicar todo esto porque considero que de esta manera vamos desvirtuando cada vez más el arte y su transmisión. Soy más partidario de formarse de manera continuada con un profesor comprometido; en que tanto el alumno como el profesor aprenden mutuamente.

Tengo un amigo diagnosticado de bipolar desde hace años.

Desde hace años toma mucha medicación por indicación de su médico, un psiquiatra de la S.Social y ha estado internado varias veces con fuertes crisis. Él mismo es terapeuta y tiene muchos conocimentos y voluntad  para ayudar a los demás  y tratar las enfermedades de otra manera. Pero el tratamiento convencional que ha tenido que seguir no ha conseguido evitar que “su mal” vaya en aumento hasta el punto de tener concedida la Invalidez total para trabajar  (él es/era excepcional en su profesión),  y de que se haya ido deteriorando paulatinamente la calidad de su salud y vida.

Pero esta semana, después de pasarlo mal y notar que se estaba acercando una crisis, ha ido a la consulta de su médico para pedir consejo sobre la medicación, y se ha encontrado con un psiquiatra sustituto haciendo el MIR, de origen sudamericano, no sabemos el país.

Al acercarnos a un grupo de práctica, además de buscar el aprendizaje de esa disciplina, buscamos inconscientemente la pertenencia a un grupo. Necesitamos de él, de su apoyo, de su comprensión... y también necesitamos un “papá” (o “mamá”) que nos diga cómo hemos de aprender, cómo hemos de hacer, que nos ayude en el proceso, que nos diga que lo hacemos bien. Todo esto es completamente normal ya que no conozco a nadie sin carencias en su vida. Carencias que de alguna manera nos hacen sufrir, incluso enfermar. Podríamos hablar de esta carencia, de las madres que no llegan, de los padres ausentes... pero no es tema de este artículo. Como decía, sentimos necesidad de pertenecer a un grupo, quizás alentada por la falta de conexión existente en estos días con los demás, incluso en nuestra propia familia. Esta crisis con los “nuestros” nos lleva a buscar fuera de la familia el marco que precisamos para sentirnos protegidos y comprendidos.