Después de escuchar con atención los síntomas que mi amigo le describía  ha dicho:
“Caballero, si usted me permite, yo le voy a dar mi opinión”, con la voz dulce y acariciadora,  respetuosa y educada, que aún conservan los nacidos allá... “yo no creo que usted tenga ya un trastorno bipolar, lo que usted tiene es una falta de amor profundo”.
Y ha seguido diciéndole: “Usted va a tener problemas con esto porque le van a volver a decir  que es bipolar cuando regrese su médico, pero usted tiene  mal de amor, su enfermedad surge de una herida original -en el sentido del origen- y nada más. PISE usted  PROFUNDO Y LENTO,  y siga adelante...”

Cuando me lo contaba por teléfono empezaba yo a dar un paseo por la playa. Por estas tierras la “estación Tierra” parece un verdadero agosto y se puede uno aprovechar de las playas casi vacías, del calor del sol y del contraste con el agua del mar, enfriándose poco a poco.
Y me he quedado caminando un rato impactada por esa  noticia, por la perspicacia y valentía de ese médico, contenta por el cambio positivo que había experimentado el ánimo de  mi amigo: unas palabras, unas pocas palabras y todo del revés, para bien de su alma...de momento.
Me he puesto a caminar yo misma pisando firme y profundo, desde el talón hasta  los dedos,  atenta a la escritura que las olas iban dejando en la arena, con burbujitas brillantes de aquí para allá, como los puntos, las comas, los trazos ondulantes y acariciadores del agua  en la superficie, un dibujo continuamente cambiante.

Pero  la Tierra, lo maternal, lo sólido y nutriente, a veces abrasa y no precisamente de amor.

Entonces hay que refrescarse. Cuando caminamos por el borde entre Tierra y Agua -como yo iba haciendo en ese paseo- es fácil e incluso divertido ir pasándose de un elemento a otro según las necesidades o el placer de experimentar el cambio, las sensaciones, de jugar con la espuma, de evitar las pequeñas pechinas, de dejar huellas irregulares que inmediatamente desaparecen en la orilla...
Pero la mayoría de las veces no pisamos lo que nos gusta ni lo hacemos por juego, ni podemos elegir la ruta, aparentemente: “En las plantas de mis pies llevaba el terror de la huida de mis abuelos, fugitivos de Rusia...” (1)

Algunos de nosotros estamos trabajando con el Árbol genealógico y en las plantas de los pies está nuestro pasado; quemándonos aún quizás están los pasos -a veces forzados,difíciles, dolorosos- que tuvieron que dar nuestros mayores...y en esos trayectos vitales no hubo espacio ni recorrido ni conciencia para llegar al amor, y el amor no nos ha llegado: desde el principio, desde nuestro origen...¿desde cuándo?

La “negra” educación (1) que recibieron nuestros antepasados, que llegó incluso hasta algunos de nosotros, a nuestra generación, nos dejó a algunos “tiesos”: los palos que aguantaron y aguantamos y que vamos repartiendo, repitiendo...¿hasta cuándo?

Un palo es algo rígido. Puede ser un arma o una herramienta, depende de las manos, de la intención que pongamos en ello. Con él nos podríamos defender o podríamos dañar, haciéndonos de rebote mal a nosotros mismos...y un enorme daño a la humanidad y a la conciencia.

En el ciclo contínuo de la práctica, en el arte del Tai Chi Chuan,  estamos ahora en el tiempo del centro y del equilibrio, del recoger - la cosecha ya está hecha-, del reposo, del preparar la materia que nos mantiene, de pisar tierra de nuevo, de acercarnos a lo básico apartándonos de los polos. Al buscar el equilibrio, ya sea de pie en posición estática, en movimiento o en nuestra vida cotidiana, el equilibrio no es una línea, no es un palo. El equilibrio está en una zona, más o menos amplia, de nosotros mismos; está alrededor de los centros moviéndose, buscándose, encontrándose y perdiéndose para comenzar de nuevo...

El borde entre la Tierra y el Agua es ondulante. A vista de pájaro -de satélite- es una clara línea que separa lo verde-pardo de lo azul, pero vista desde nuestra altura, en realidad desde menos de dos metros, es irregular y cambiante. A vista de pájaro el objetivo del Árbol es claro y definido, mantener el proceso de la vida... Desde nuestra perspectiva, entre las infinitas variantes que hay entre los polos del sufrimiento y del  gozo, es diferente. Cada uno tendrá la suya, pero el hecho de que ondule nos permite pasar, cambiar de un estado a otro, o al menos modificarlo levemente: refrescarlo.

También el planeta que habitamos tiene dos polos, es bipolar y está recibiendo un tratamiento agresivo; curiosamente en los polos no se puede vivir, y los seres terrestres nos hemos ido desplazando hacia regiones intermedias, más templadas, habitables, incluso hasta su
zona central, adaptándonos.
Por algo la Tierra es más bien redonda, para que no haya un único centro, para que nos caigamos si no nos movemos, para que busquemos en cada momento dónde estamos, hacia dónde caminamos buscando ese amor al que todos tuvimos derecho, viendo qué queremos hacer del amor que ahora tenemos...

Teresa Beltran. Elx (Alacant)

(1) Referencias no literales a “Metagenealogía”, de Jodorowsky – Costa (Siruela) y “Por tu propio bien”, de A. Miller (Tusquets)