No pretendo tampoco establecer cómo debe ser el profesor ideal, o cómo se debe estructurar una clase. Creo que eso depende del grupo, y sobre todo de la persona que enseña, de cómo está viviendo su práctica con el Tai Chi. Me gustaría más bien compartir las diferentes etapas, que algunos de nosotros hemos podido atravesar, desde que comenzamos a enseñar Tai Chi. Es posible que sólo pasemos una vez por estas fases o que algunas de ellas se repitan. Su análisis, en cualquier caso, nos ofrece una oportunidad para mejorar como profesores de este arte.

 Al principio quizás tengamos tanta ansiedad a la hora de ponernos frente a un grupo, que en poco tiempo transmitimos todo lo que sabemos. A partir de ese momento nos sentimos sin más herramientas, desnudos. Sin embargo no advertimos que los alumnos no han entendido nada, les hemos dado demasiada información a la vez. Necesitan un ritmo más pausado para poder ir integrando lo que van aprendiendo. Seguramente nuestro profesor nos hacía repetir mil veces el mismo ejercicio… Esto puede darse si sentimos la necesidad de demostrar que somos buenos profesores y que sabemos mucho. Y así, sorprendiendo a nuestros alumnos, buscamos esa seguridad que, en realidad, sentimos que nos falta. Esta actitud podría ser inconsciente, pero nos demuestra que todavía somos muy inexpertos no sólo en la enseñanza, sino también en el Tai Chi.

 Enseguida llegamos a una etapa en la que nos damos cuenta de que no es tan fácil enseñar Tai Chi y que la mayoría de nuestros alumnos tienen mucha dificultad para reproducir y memorizar nuestros movimientos. Muchas veces debemos inventarnos ejercicios para ayudar a entender después otro, que era el original. En otras ocasiones, para ayudar a entender un concepto, podemos apoyarnos en otras prácticas. Es una etapa muy creativa y enriquecedora, sobre todo si la compartimos con otros profesores de Tai Chi.

 

También puede llegar un día en que nos demos cuenta de que sólo un porcentaje muy bajo de nuestros alumnos quiere practicar seriamente Tai Chi y profundizar en su práctica, intensificándola e integrándola en el día a día. La mayor parte del grupo se lo toma como algo que le ayuda en su dolor de espalda, que elimina la tensión acumulada durante el día y que le permite relacionarse con otras personas. Debemos saber cuál es nuestra intención al enseñar. Si nuestro objetivo es que sean impecables como practicantes de Tai Chi, tomando para ello un compromiso con su práctica, podemos llegar a frustrarnos. Si por el contrario vemos el Tai Chi como un instrumento para ayudar al alumno, y para que éste aprenda a vivir la vida mejor y de manera más consciente, el abanico de posibilidades se vuelve más rico. Aunque nuestra práctica diaria sea mucho más exigente, nuestras clases pueden adaptarse al grupo que tengamos delante, sin que esto frene la posibilidad de avance en los alumnos con más cualidades y expectativas de profundizar. En este momento, si no antes, desaparecerá la necesidad de enseñar demasiado rápido o de demostrar todo lo que sabemos, ya que el objetivo principal para nosotros será que el alumno conecte con su cuerpo, su corazón y su mente, y a la vez aprenda a conectarse con los demás.

 A veces nos encontramos dando una clase con pocas ganas, porque estamos cansados o preocupados por algo, o quizá porque estamos pasando por un mal momento en nuestra vida. Y si no estamos atentos, nuestro estado influirá tanto en el contenido como en el ambiente, ritmo…de la clase; y puede que el resultado sea “aburrido”, “pesado”, “obscuro”. Pienso en los estudiantes: bastante tienen con intentar aprender y reproducir nuestros gestos, como para que encima no se lo ofrezcamos de una manera amena (sin dejar por ello de ser profunda y minuciosa). Me parece importante que todos podamos disfrutar con la práctica del Tai Chi. Creo que la alegría y el humor del profesor pueden ayudar en el estímulo del alumno, así como la utilización de juegos en determinados momentos de la clase. Un aspecto importante del “arte de enseñar” es la capacidad de entrar en otro nivel al comenzar la clase, en un nivel en el que las preocupaciones de uno mismo pasan a un segundo plano y podemos entregarnos a los alumnos más fácilmente.

 Otra etapa creativa e interactiva es cuando, lejos de sentirnos superiores a los alumnos, estamos abiertos y escuchamos lo que van descubriendo. Es un momento en que podremos aprender mucho de ellos y completar un poco más nuestra comprensión del Tai Chi. Algunas de sus preguntas nunca se nos habían ocurrido e incluso a veces no las sabemos responder, lo que nos hará seguir buscando y descubriendo cosas nuevas. Si nuestra posición de profesor no nos permite escuchar, perderemos una buena oportunidad de enriquecernos.

 A medida que profundizamos en nuestra práctica vamos integrando aspectos que sólo habíamos entendido a un nivel superficial, mental y por imitación. Descubrimos que nuestro cuerpo y nuestro corazón empiezan a comprender y nos sentimos mucho más relajados al enseñar. Existe una diferencia entre “tener fe en algo” y “dar fe de algo”. Conforme se va dando esta integración, la transmisión de algunas materias que hasta entonces eran difíciles de comunicar se vuelve más sencilla, porque ahora podemos dar fe de ellas. Nuestra escucha aumenta y eso nos permite llegar mejor a nuestros alumnos durante la clase, de modo que la enseñanza se vuelve más profunda.

 

Creo que el Tai Chi es evolución continua. Estar dispuesto al cambio es estarlo a aprender, evolucionar y crecer. A veces en nuestra constante formación con otros profesores, descubrimos algo nuevo que contradice lo que creíamos y lo que estábamos enseñando hasta entonces. Esto puede provocar un rechazo a cambiar nuestras convicciones y a reconocer delante de nuestros alumnos que estábamos equivocados. Un buen acto de humildad es aceptar lo nuevo y cambiar lo que sea necesario, haciendo ver a los alumnos que seguimos investigando y que no lo tenemos todo aprehendido e integrado. Aunque a nuestro ego no le guste, así evitaremos que proyecten sobre nosotros la figura del maestro. Deberíamos evitar dar esta imagen, en la que damos a entender que ya sabemos todo y que lo que enseñamos es inamovible.

Y si son los alumnos quienes expresan resistencia al cambio, no deberíamos intentar convencerles de nada, sino darles herramientas o ejercicios para que puedan investigar y llegar a alguna conclusión por ellos mismos.

 Es importante que animemos siempre a nuestro alumnado a investigar, experimentar y descubrir por su cuenta, a cuestionar lo que les vamos enseñando. Si les convertimos en robots que sólo repiten lo que hacemos, les privamos de toda libertad para descubrir por ellos mismos en qué consiste el entrenamiento. Su Tai Chi sería una imitación y por lo tanto, algo incompleto, no vivido realmente. Es importante abandonar las expectativas que solemos proyectar sobre los alumnos y respetar las que ellos tengan. Creo que debemos ofrecerles nuestro enfoque en el Tai Chi y permitir que ellos encuentren el suyo, aunque éste sea diferente al nuestro. Si no es así podríamos convertir nuestra enseñanza en una dictadura.

 Hay también momentos mágicos en los que no tenemos que hacer ningún esfuerzo a la hora de dirigir la clase. Son los instantes en que podemos vaciarnos y tenemos la sensación de que la clase se está haciendo sola. Lo que debemos hacer viene a nosotros y sale de nosotros sin que pueda intervenir nuestro ego, sin contaminarlo con nuestras creencias y prejuicios. Creo que en este “estar sin estar” radica el arte de la enseñanza.

 Si tenemos éxito como profesores, existe el riesgo de creer que estamos desarrollando un modelo único de enseñanza, e incluso de pensar que es el mejor. Si caemos en esta tentación, que suele estar animada por nuestros propios alumnos, perderemos la capacidad de autocrítica y de escuchar la experiencia de otros profesores, pues los consideraremos incapaces de aportar nada que mejore lo que, a nuestro juicio, ya es perfecto. Creo que es mejor sentirse simplemente un vehículo para ayudar a los demás, que intentar crear un modelo que nos haga ser admirados, y de alguna manera, inmortales.

 Nuestra enseñanza se puede volver incompleta si, por miedo a perder alumnos, eliminamos una parte del entrenamiento, como por ejemplo, el aspecto marcial con alumnos de edad avanzada; o la faceta más meditativa del Tai Chi con alumnos más jóvenes o más escépticos. El arte está en poder adaptar los diferentes aspectos de la práctica a cada grupo y a cada alumno, de manera que los entienda. Nuestra experiencia y habilidad como profesores debería facilitarnos las claves. Creo que la palabra y la manera en que se presenta el ejercicio son factores muy importantes.

 Ahora, tras unos años dedicándome a la enseñanza, puedo afirmar que quizás lo más importante en el momento en que nos ponemos delante de un grupo, es el aprender a respetar el propio proceso de cada uno de nuestros alumnos. Siempre está la duda de hasta dónde debo corregir y hasta dónde debo dejar. En mis clases intento corregir lo que considero que puede hacerles daño, como malas posturas; pero intento respetar el ritmo que cada alumno necesita para descubrir cada aspecto, cada concepto… sin presionar, sin señalar cada detalle (y, a la vez, sin esconder nada, sino ofreciéndoles lo que necesitan). De esta manera, todo lo que vaya descubriendo por sí mismo será mejor integrado y facilitará que encuentre su personal manera de expresar el Tai Chi. Cada persona es diferente, por lo que cada una expresará lo mismo de diferente manera.

 Por último, me gustaría hablar sobre el asunto económico. Si dependemos únicamente de la enseñanza del Tai Chi para vivir, puede ocurrir que estemos siempre preocupados por el número de alumnos que tenemos en cada grupo y por cuánto dinero ganaremos con ello. Esto podría convertirse en un problema que influya en los contenidos o en la manera de transmitir el arte. Si además, tenemos que dirigir muchas sesiones semanales en diferentes lugares, podríamos agotarnos en exceso y tender a repetir contenidos sin escuchar las necesidades de cada grupo.

Tener confianza en lo que se transmite ayuda a desbloquear este aspecto y a ser honestos en la enseñanza.

 

 Juanolo Gutierrez