Si todo esto es consciente es muy posible que en la medida en que vamos profundizando en nuestra práctica tal necesidad vaya cambiando, incluso que llegue a desaparecer. Lo que quedará entonces es un anhelo de seguir aprendiendo y profundizando en la práctica. Este menester con los años nos llevará a buscar fuera del grupo para mejorar, aprender otros aspectos, otras vivencias... completando así nuestra práctica individual. Si por desgracia, y es lo más común, no somos conscientes de esa primera necesidad, es muy difícil que lleguemos a sentir la segunda, la de buscar por otros lares.

Tenemos la historia del Tai Chi y las artes marciales llena de practicantes que estudiaron con varios maestros para ir perfeccionando su arte. La verdad es que eran los mismos maestros los que animaban a sus discípulos para ir con otro experto. Sin embargo, nos podemos encontrar que en el momento en que nos percatamos de esta necesidad de “abandonar” nuestro grupo surgen inseguridades ya que no sabemos qué nos vamos a encontrar fuera de él. Hasta ahora nuestro clan era el perfecto (y de alguna manera sigue siéndolo) pero sabemos que para poder progresar en nuestra práctica debemos buscar más allá del grupo. Sentimos una contradicción entre nuestro apego al grupo y las ganas de “volar” fuera de él. Si además, como suele suceder, el profesor no nos anima a hacerlo, se añade una dificultad que es muy importante: debemos decir a nuestro profesor que queremos estudiar con algún otro. Este momento es crucial en nuestro crecimiento, similar al momento en el que decimos a nuestros padres que nos queremos independizar. Y como en este último ejemplo habrá quien lo haga con ayuda de una novi@ y una boda, habrá quien lo haga solo (simplemente porque siente la urgencia de hacerlo) y habrá quien por no enfrentarse a la situación, no lo haga nunca (esperando que sean sus padres los que se vayan…). No deja de ser un conflicto que nos pone a prueba. ¿Cómo hacerlo respetando? ¿Cómo, sin herir al grupo ni al profesor? Y si creemos que el profesor se enfadará o nos rechazará ¿lo haríamos de todas maneras? Creo que si sentimos la necesidad de progresar muy clara en nuestro interior obtendremos la fuerza para hacerlo con honestidad, respeto y cariño. La reacción que recibamos será impredecible y dependerá de la madurez tanto de los compañeros como del instructor, pero ésta no nos debería echar atrás.

Con todo esto me estoy refiriendo al practicante que desea investigar en el entrenamiento Tai Chi; no al que va uno o dos días a la semana a clase para aprender a relajarse, porque le va bien a su espalda y no siente que quiere profundizar en la práctica. En este último caso, si le va bien, no es conveniente cambiar de grupo ni de profesor.

Debido a que utilizaré las palabras maestro y profesor, me gustaría diferenciarlas de alguna manera. Concibo al maestro como la persona que antaño asumía el papel de “Padre, sacerdote o consejero, terapeuta…” además de transmisor del arte a sus discípulos (que no solían ser más de cuatro o cinco a la vez). Es decir, una persona que había desarrollado una conciencia más refinada y evolucionada que la nuestra. Era capaz de convertirse, sin ningún ánimo egoico, en espejo del discípulo. Éste, por su parte, se entregaba al maestro sin cuestionarle. Incluso era bastante normal que durante este período, viviera en casa de su maestro. Se “ponía en sus manos” y tras unos cuantos años de práctica y estudio, ya estaba preparado. Entonces debía “matar” simbólicamente al padre, abandonarle y caminar solo.

Sin embargo, profesor, en mi opinión, es el que introduce y acompaña al alumno en la práctica. E intenta motivarle a buscar e investigar en el arte. Aunque de alguna manera es terapeuta, ya que enseña un arte corporal y le guiará para ir sanando su cuerpo, la profundidad de su “terapia” siempre será menor que la del maestro; el cual llegará a capas más profundas que la corporal. Con esto no pretendo decir que como profesores tenemos menos responsabilidad con nuestros alumnos, todo lo contrario; pero la entrega no es tan completa como la del maestro. En este segundo caso, el alumno no asume una transferencia como la que es requerida por el maestro.

Tanto antaño como hoy en día, ha sido difícil encontrar un maestro que esté preparado y dispuesto a asumir su papel; sin embargo existen muchos profesores que sin estar preparados para ello, desean convertirse en maestros. También, y es lo alimenta a éstos últimos, existen muchos alumnos deseando convertirse en discípulos.

 La libertad la podemos perder como alumnos o como profesores y me gustaría poder comentar cada uno de estos casos:

 

Cuando somos alumnos

Me gustaría empezar con un ejemplo: hace ya bastantes años, fui a visitar a uno de los maestros con los que he ido aprendiendo. Da igual quién, dónde o de qué estilo, ya que a lo que quiero dedicar este artículo es universal y común a cualquier tipo de práctica. Los dos profesores en los que yo tenía puesta mi confianza sabían que iba con este maestro, les parecía acertado y me apoyaban. En esta visita, que ya era la segunda, me acompañaron dos amigos, ambos practicaban otro estilo diferente al mío. Lo más curioso para mí fue que mis amigos no se atrevieron a decir nada a su maestro, porque se suponía que se enfadaría e incluso que les haría elegir. No sé si  en realidad hubiera ocurrido así, pero el caso es que su acción fue hecha en la clandestinidad. Quizás otra persona ni siquiera se hubiera atrevido a hacerlo por si le “pillaba” o porque le parecía mal hacerlo a escondidas. En este caso prefirieron hacerlo de manera encubierta; quizás no querían “herir” a su profesor, pero creo que era más por miedo a su reacción y al consiguiente rechazo. A veces nuestras acciones no gustan a quien admiramos pero no por eso deberíamos dejar de hacerlas, estando dispuestos a aceptar lo que recibamos por ellas. Lo que entiendo que les ocurrió es que ellos mismos habían perdido su libertad para aprender con otra persona que no fuera “su maestro”.

 Ahora pondré otro ejemplo: ha sucedido algunas veces que personas que vienen a los encuentros me dicen que han tenido que “pedir permiso” a su profesor para poder venir. ¿? Es como si sintieran que le pertenecen. Una cosa es pedir su consejo o su parecer y otra muy distinta pedir si les deja ir. Aquí me temo que el profesor tiene parte de responsabilidad en ese “perder la libertad” del que hablamos, ya que en casos así es él el que tiene la última palabra. Es decir, somos nosotros mismos los que delegamos en nuestro profesor la decisión final sobre nuestro futuro. Es como si preguntáramos a nuestros padres qué carrera universitaria quieren que hagamos. Esta anécdota me ha sucedido en tres ocasiones, en dos de ellas su profesor les “aconsejó” no mezclar prácticas (aunque uno de los dos lo hizo) y en la tercera supuso una ruptura motivada por la respuesta que recibió de su profesor, tras comunicarle que le había sido útil lo que había aprendido fuera de sus enseñanzas. Antes de venir al encuentro le había sentenciado: “prueba con otros si quieres pero te darás cuenta de que no son tan buenos”.

Como profesor me sentiría mal si alguien me pidiera permiso; no me considero dueño de ninguna de las personas que aprenden conmigo. Peor me sentiría, si además les digo que los otros son peores… Deberíamos ser conscientes de nuestras limitaciones y saber que no podemos ofrecer todo lo que abarca el Tai Chi, sino simplemente una pequeña parte; para que cuando veamos un alumno motivado, intentemos ayudarle a conocer otras fuentes que puedan aportarle lo que falte en nuestra enseñanza.

 He conocido también personas que por su presencia y carisma… pueden encontrarse con gente que pasado un tiempo, le presionan o empujan a tomar un papel de “maestro”. Este es un momento importante y delicado, que puede convertirse en una trampa. Si dicha persona se siente capaz (y de verdad lo es), no debería de representar ningún problema, el hecho de que decida aceptar ese papel. Estará preparada para afrontar cualquier conflicto que se vaya presentando. Cuando me refiero a que esa persona “sea capaz”, presupongo que tiene desarrolladas cualidades como la humildad, sabiduría, ecuanimidad y honestidad, no sólo que sea un buen practicante o un buen “estratega” pedagógicamente hablando. Debería, sobretodo, ser capaz de estar desapegado de su papel, y no permitir que su ego le haga sacar provecho del mismo. Quizás por eso siempre ha habido muy pocos maestros de verdad; y aunque seguramente siempre los habrá, yo no he conocido todavía a ninguno.

En cambio, si esa persona no está capacitada para desarrollarse como maestro, es muy posible que los conflictos que se vayan presentando, no se sepan gestionar correctamente. La situación se irá complicando. Podríamos crear algo insano, muy dependiente por ambas partes, que podría desembocar en situaciones que no deseamos. En un extremo, llegaría a convertirse en una secta donde el “gurú” dicta y el discípulo asume. Si somos profesores, deberíamos estar muy atentos para no dejarnos llevar por nuestro ego, ser honestos y nunca pretender ser propietarios de nuestros alumnos.

También puede haber conflicto cuando el profesor no quiera desempeñar ese rol, por la responsabilidad que conlleva, porque no se ve como tal, porque se va a sentir atado o simplemente porque no cree en ello o no le apetece. Sea por la causa que sea, mi opinión es que debe ser respetado. Lo que he visto que sucede es que normalmente no suele ser así: los alumnos insisten e insisten y si no lo logran aparecen las complicaciones. La situación se convierte en algo muy molesto tanto para el profesor, como para los discípulos “rechazados”. Los alumnos no pueden aceptar que la persona que han elegido como “líder, guía, gurú” no quiera serlo y seguirán intentándolo hasta que aparezca otra persona que sí que quiera “adoptarles”. Son las propias carencias afectivas del alumno, las que le llevan a buscar a su “papá” en la figura de un maestro. Y dependiendo del tipo de padre que busque, idolatrará a un profesor cercano o distante, amoroso o arrogante, emocional o mental, que le cuide o que le castigue…

 Otro caso es cuando juzgamos y criticamos a otros profesores, sólo porque el nuestro los juzga y critica. Podríamos acabar alienándonos y transformándonos en fotocopias de nuestro profesor, incapaces de ver más allá que él; perderemos nuestra propia personalidad para convertirnos en un “clon” del que nos guía: pensaremos, hablaremos, actuaremos y veremos con los mismos ojos que él.

Otro riesgo añadido en estos casos, con falta de discernimiento por parte del alumno, puede ser que no sólo “heredemos” las virtudes de nuestro profesor; tendremos también muchas posibilidades de adquirir sus defectos y carencias.

 Estos son varios ejemplos de pérdida de libertad por parte del alumno: en el primero, el miedo al rechazo o enfado por parte del profesor, hace que no se atreva a decirle que va con otro profesor; el segundo, en el que un sentimiento de pertenencia al profesor, le lleva a pedir permiso para hacer las cosas; el tercero sobre el alumno que exige a su profesor más de lo que éste quiere o puede darle; y el último, quizás el más peligroso, es cuando dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en nuestro profesor.

 Desde luego, primero deberíamos mirar dentro de uno mismo, para saber por qué perdemos nuestra libertad. Los lazos afectivos y emocionales que trazamos con nuestros profesores suelen ser fuertes, y quizás eso hace que sintamos una especie de fidelidad hacia ellos. Pero una cosa es eso y otra pensar que si buscamos o probamos con otros profesores somos “desleales”. La curiosidad y las ganas de profundizar son naturales y sanas. Puede llegar un momento en la práctica en que consideremos que quizás otra persona puede enseñarnos más intensamente alguno de los aspectos del Tai Chi; sin pensar por ello que el primer profesor ya no sirve. Y además, ¿no se puede estudiar con dos o más profesores a la vez?

Creo que cuando vamos profundizando en la disciplina nos damos cuenta de todo lo que puede llegar a abarcar la práctica y cada uno de sus diferentes aspectos. Por lo que advertimos que es muy difícil, por no decir imposible, que una misma persona haya profundizado de verdad en todos ellos. Entonces ¿qué contradicción hay en que se estudie con más de un profesor? ¿No haría esto que se complementaran entre sí las diferentes enseñanzas recibidas de cada uno de ellos, consiguiendo así una práctica más completa? ¿Qué profesor se opondría a que sus alumnos aprendieran de una manera más íntegra las enseñanzas?

 Creo que como alumnos deberíamos sentirnos libres y honestos diciendo a nuestro profesor que queremos estudiar también con otras personas, sin pensar por ello que les estamos traicionando. ¿Pero qué sucede entonces en nuestro interior cuando debemos decir algo así? ¿Qué sentimos cuando decimos a nuestro papá que haremos algo, sabiendo de antemano que no le gustará? Tenemos miedo a recibir una bronca, un rechazo, incluso un castigo. Esto podría hacer que al final nos echemos atrás, pero desde mi punto de vista sería un error. Nuestro proceso personal podría estancarse ya que se trata de uno de los muchos obstáculos que iremos encontrando en el camino hacia nuestro desarrollo personal. Un profesor sólo nos enseñará a entender el arte desde un punto de vista, el suyo; en nuestra formación no deberíamos limitarnos a una única visión. Cualquier cosa, animal o planta es diferente por delante que por detrás; dependiendo de dónde nos situemos, nos parecerá con unas cualidades u otras. Del mismo modo, la manera que cada persona tiene de ver y entender el Tai Chi (y la vida en general), también es parcial y limitada. Si tenemos más de un ángulo para observar, siempre será una visión más abierta, completa y global.

 Durante los 15 años que llevo practicando me he acercado a muchos profesores y maestros con respeto y profundizando de manera sincera en sus enseñanzas. Todavía hoy estudio con varios a la vez. Tengo mucho que agradecer a todos ellos, pero nunca he sentido que les pertenecía. Y esto no me ha hecho sentir desleal, ni tampoco el hecho de decidir dejarles si he percibido que desde su posición estaban limitando mis decisiones o mi independencia. Todo ello a veces me ha traído quebraderos de cabeza; en otras ocasiones, sorpresas agradables, es el riesgo a correr.

 

Cuando somos profesores

 En ocasiones hemos podido sentir miedo de “perder a los alumnos”, es muy humano. Este miedo puede venir por un apego excesivo a nuestros alumnos. Si un alumno se va, a lo mejor sentimos que ya no nos valora y esto puede deberse a una baja autoestima por parte del enseñante. Puede también que este miedo encubra una falta de valoración por parte de nuestro propio padre (cuando éramos niños), y que ahora buscamos en nuestros alumnos. Pero eso no nos da ningún derecho a ser propietarios de nadie, sería una postura competitiva, egoísta e inmadura que no tendría mucho que ver con el espíritu del Tai Chi. En casos así, además de quitar la libertad a nuestros alumnos, estamos perdiendo nuestra propia libertad ya que dependemos de ellos para sentir que somos buenos instructores y creernos importantes.

A veces estamos tan atrapados en el papel de profesor que no conseguimos transmitir lo que realmente queremos comunicar. Recuerdo cuando empecé a enseñar y me proponía mostrar el ejercicio de empuje libre. Entonces tomaba un alumno para explicar el ejercicio, si este alumno era competitivo y hacía mucha fuerza y se resistía, yo entraba en su juego hasta que conseguía “vencerle”. Estaba aferrado en el papel del profesor que sabe y es mejor que cualquiera de sus alumnos y lo necesitaba demostrar. Después de un tiempo me di cuenta que mi ego no podía aceptar el ser desequilibrado por un alumno y que lo que estaba consiguiendo era enseñarles a competir y a intentar ser el mejor. Desde ese día cambié mi respuesta; en un caso así, no entro en su juego, intento mantenerme relajado, a la escucha, cediendo y empujando. Y si al final es él el que me tira a mí, está bien; porque lo que quiero transmitir con este ejercicio no es ganar o perder, competir, ser más “macho”… sino la escucha, el ceder y el compartir.

Y de nuevo, esto no es fácil. La idea de “ganar” o de “no perder” está muy arraigada en nuestro interior, desde que éramos pequeños. Por supuesto, el que seamos profesores no nos hace inmunes a ella. Y surge en cualquier momento como en este caso al explicar un ejercicio, o al responder una pregunta, o al compartir una conversación o una comida con nuestros alumnos. Si estamos atrapados en el papel del profesor necesitaremos demostrar al alumno en cualquier situación que somos más sabios y evolucionados. Sin embargo si estamos atentos a ello, es una buena oportunidad para “quitarse importancia”.

 Recuerdo también cómo defendía al principio mi estatus como “buen profesor” cuando intentaba transmitir un movimiento. Veía que la gente no llegaba a aprenderlo bien y pensaba que en realidad ellos no eran capaces de hacerlo. Por supuesto no pensaba que el fallo podía estar en mi manera de enseñarlo… Ahora me doy cuenta de que, hasta que no tenemos el movimiento integrado de verdad en nosotros mismos, el alumno no llega realmente a comprenderlo. Sin embargo, cuando este movimiento ya lo tenemos “encarnado”, la transmisión es mucho más clara y sencilla. Con el pensamiento, la palabra o la escritura es lo mismo: cuando lo que queremos transmitir está integrado en uno mismo, la conexión es mucho más profunda y se comprende sin dificultad. Un amigo que ya ha editado varios libros me dijo: “el arte está en que sea comprensible incluso para el profano, debe ser sencillo y directo”. Cuando no somos claros al expresarnos de la manera que sea, seguramente se debe a que no lo somos tampoco en nuestro interior; es muy posible que nos indique confusión, quizás demasiado conocimiento sin elaborar, sin sabiduría.

También puede ocurrir que no nos pongamos al nivel de comprensión del que aprende, lo cual nos indica que no hay verdadera conexión. Recuerdo lo que otro amigo siempre dice: que “si alguien no entiende algo, el fallo está en el que lo explica y no en el que está escuchando”, yo lo veo también así. En la mayoría de los casos el que está recibiendo asiente con la cabeza sin que haya entendido verdaderamente lo que escucha o lee, bien porque no quiere expresar su dificultad para entender, o porque no quiere incomodar  a la persona que le está hablando.

 Me viene a la memoria una vez que asistí a un curso hace bastante tiempo: uno de los asistentes le hizo una pregunta al profesor sobre una sensación que tenía a veces cuando practicaba meditación. El profesor respondió: “no lo sé”. Para mí fue algo nuevo: “chapeau”. Era una persona con suficientes “tablas” y experiencia para poder responder a una pregunta así. Ahora que además de alumno soy profesor, sé que cuando un alumno nos hace una pregunta, lo que queremos es poder responder y hacerle ver que sabemos. Nos hacemos una respuesta lógica que nosotros mismos tomamos como verdadera y la lanzamos. Sin embargo, aquel profesor estaba dispuesto a que su alumno se levantara y se fuera pensando que había dejado de ser interesante ese curso… Aquí nos encontramos con una actitud de libertad y falta de dependencia por parte del profesor.

 En otra ocasión, un profesor intentando hacernos creer que sabía de anatomía, nos comentó la acción de determinado músculo de nuestra espalda (dorsal ancho) diciendo que hacía la flexión del codo (en realidad ese músculo hace la rotación interna, aducción y extensión del hombro, además de actuar sobre las cinturas escapular y pélvica). En absoluto tiene ninguna acción en el antebrazo flexionando el codo.

Otro ejemplo: un profesor es preguntado sobre una aplicación marcial, era un gesto común en casi todas las artes marciales (y por cierto, un golpe muy poderoso). Su respuesta fue “no hay ninguna aplicación para este movimiento, es algo que “adorna” la forma...” ¿?. Él, obviamente no conocía ninguna aplicación para este movimiento, pero lejos de reconocerlo se colocó en una posición prepotente negando su propio desconocimiento. Cuando estamos con alumnos que no saben demasiado sobre el Tai Chi y las artes marciales podemos decir barbaridades y además quedar como que sabemos muchísimo, incluso más que el profesor que sí les hubiera podido mostrar dicha aplicación marcial. ¿Qué buscamos con este tipo de acciones? En lugar de decir “no lo sé” necesitamos hacer ver que sí sabemos, no vaya a ser que se crea lo contrario. Es como si estuviéramos enseñando a un amigo a jugar al ajedrez y le decimos que los alfiles no sirven para nada en lugar de decirle que no los sabemos utilizar bien. De esta manera deslumbramos a nuestros alumnos con una ignorancia disfrazada de sabiduría... ¡qué atrevida y arrogante es la ignorancia! ¿Qué perdemos si reconocemos algo así? A nadie le gusta mostrarse en error, pero me temo que es otro de los obstáculos que encontramos en el camino. Algún día deberemos reconocer ante los alumnos, que no sabemos tanto como ellos quisieran o se imaginan.

Supongamos también que un ex-alumno ha aprendido con otro profesor aspectos que no conocemos, ¿le pediríamos que nos los enseñara? ¿Podríamos respetar y valorar sus nuevos conocimientos? ¿Y si estos conocimientos contradijeran los nuestros? Puede que nuestro papel de profesor nos lo impidiera. ¿Seríamos capaces de dejar dicho papel y ser tan alumnos como los demás ante otro profesor que sabe más que nosotros mismos?

 Pensemos ahora en un profesor, que llegado un día uno de sus mejores alumnos decide dejarle, porque quiere irse con otro profesor, porque ha dejado de confiar en él, porque siente que ha crecido lo suficiente para prescindir de él, o porque necesita separarse de él para, precisamente, poder crecer un poco más, su propio proceso personal se lo exige. Es toda una prueba para el profesor. Recuerdo lo que mi primer profesor me dijo el día en que iba a impartir mi primera clase en su escuela: “Tiene que llegar un día en el que me digas que no”; recuerdo que me sentí libre y respetado. En otro caso, cuando me despedí de uno de los maestros con los que había aprendido, porque decidí no continuar su “linaje” (y sin embargo sigo valorando su trabajo), al día siguiente y delante de todo el grupo reconoció y valoró mi práctica y mi entrega, ¡a pesar de que le acababa de dejar!

 Desgraciadamente, a menudo suele haber otro tipo de respuestas: a veces el profesor cambia detalles del trabajo o sistema en una búsqueda de desprestigiar al que se ha ido; otras veces, deja de reconocer al que se va (mientras que hasta entonces todo eran valoraciones); también se dan casos de un tipo de competición, que lo que demuestra es que el que ha perdido la libertad en este caso, es el profesor. Ahora es él el que no puede aceptar la decisión de su “ex-alumno”. Incluso en casos en los que se da un tipo de castigo o acoso por parte del profesor, en realidad está sufriendo él mismo: su ego se siente traicionado. Y, si no está muy atento, este mismo ego le llevará a intentar justificarse a sí mismo y al resto de sus alumnos que ese castigo es necesario. Su energía estará enfocada en todo esto, en lugar de aceptar y respetar la decisión de su alumno como algo necesario para el crecimiento de ambos, profesor y alumno. Sin darse cuenta, actúa desde la rabia. Lo peor suele ser cuando no es consciente de ello, se siente y se muestra como una persona centrada y justa. Si además, sus alumnos no tienen el suficiente criterio, se dejarán arrastrar por los oscuros senderos de su profesor; al que, a estas alturas, ya considerarán maestro.

 RELACIÓN PROFESOR-ALUMNO-PROFESOR

Por lo expuesto hasta ahora vamos deduciendo que el peligro desde la parte del alumno es sobretodo un sentimiento de pertenencia, de ser acogido y de lealtad, perdiendo su capacidad de decisión; y desde la parte del profesor se suele dar un apego hacia el alumno, una necesidad de él para sentirse bien, escuchado, obedecido… haciéndose “dueño” y por lo tanto, perdiendo el respeto por su alumno.

Es fácil decir “este no es mi caso” pero también es fácil engañarnos a nosotros mismos. Existen mecanismos inconscientes muy sutiles para hacernos creer que “no necesitamos aprender con otros” o decir “yo les dejo ir con quien quieran” (el problema estaría en ese “yo les dejo”)…

Si como estudiantes no superamos esa necesidad de tener un “papá” no estaremos interesados en buscar más y en crecer. En realidad, si ese papá nos ofreciera otra cosa, también nos interesaría. Lo que queremos es a él, en el fondo no queremos profundizar.

Y si como transmisores no superamos esa necesidad de dirigir, de decidir por, de controlar, no mostraremos una actitud de verdad abierta a la posibilidad de que nuestros alumnos estén motivados en esa misma búsqueda.

En ambos casos nos hacemos presos de nosotros mismos exigiendo al otro que pierda también su libertad (no es lo mismo “mi profesor, mi alumno” que “profesor mío y alumno mío”).

 Cuando empezamos a enseñar es difícil ser consciente de todas estas cosas pero es importante observar todo lo que va sucediendo; es peligroso quedarse atrapado en este papel, ya que nos impediría seguir aprendiendo. La escucha que vamos desarrollando en la práctica del empuje de manos debemos ponerla en acción. Ser sensibles a lo que en realidad busca y quiere el que viene a aprender de nosotros. Escuchar nuestro interior, descubrir y solucionar las trampas que van apareciendo, desprendernos de cualquier conducta que nos podría obstaculizar en nuestro proceso y en el del otro. Tener en cuenta de que no es lo mismo “dar” que “obligar a recibir”, no es lo mismo “compartir” que tratar de “convencer”. Respetar el propio ritmo de nuestros alumnos para que puedan entender lo que les estamos ofreciendo. Y, por supuesto, abandonar cualquier expectativa que podamos crear sobre nuestros alumnos, para que de ninguna manera nos creamos dueños de ellos.

 En el caso de que un profesor sea capaz de actuar como profesor mientras imparte la clase, pero que en los descansos, la convivencia… se mezcle con sus alumnos como “uno más”, se mostrará más cerca de ellos, en una relación horizontal. Esto ayudará también a que los alumnos no proyecten en él la figura de un maestro, sino la de un amigo que tiene más experiencia en el Tai Chi y la comparte con ellos. A veces se dan casos en los que parece que el papel del profesor y el del alumno se intercambian y podemos aprender de nuestros alumnos: sus dudas, sus preguntas, sus opiniones, sus conclusiones y sus decisiones pueden completarnos y hacernos crecer como profesores y, por supuesto como personas. En este caso el feed-back será posible y ambas partes saldrán beneficiadas.

 Esto está muy lejos del profesor distante, en apariencia perfecto, que no puede recibir ni aprender nada de sus alumnos porque no hay diálogo ni escucha real, la relación es unidireccional (jerárquica y vertical); sus preocupaciones están en mantener su estatus, allá arriba… y que no se vea lo que inevitablemente hay: contradicciones, dudas, sufrimiento. No hay libertad, está apegado a su papel. Lo peor es que una actitud así no permite tampoco que los alumnos evolucionen, crezcan y se completen; aunque no lo perciban, estarán atados. Y lo peor es que si este profesor no es consciente de ello, puede estar manipulando a sus alumnos sin saberlo; ya sea física, emocional o mentalmente.

 Cuando un alumno decide dejarnos para aprender con otros deberíamos ser capaces de ayudarle en su proceso, de respetar su decisión y de esta manera podrá conservarse una relación, eso sí, diferente a partir de ese mismo instante. Mi hija todavía tiene tres años, pero supongo que cuando deje de ser su “papá perfecto” será un momento importante para ella y una prueba para mí. Ella necesita ese paso para crecer; yo debo respetarlo y animarle a ello para, por mi parte, poder desarrollarme también un poco más.

 

Juanolo (diciembre 2006)